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Historia económica

La Industrialización, constituye, sin lugar a dudas, uno de los fenómenos de mayor trascendencia en la historia contemporánea de Euskal Herria. Sería imposible entender las transformaciones sociales, culturales, demográficas y políticas que se han producido desde principios del siglo XIX sin tener en cuenta la renovación económica. Gipuzkoa, se ha caracterizado por una tradición industrial puesta de manifiesto en multitud de pequeñas unidades de trabajo que abarcaban una gran diversidad sectorial, con preferencia de las actividades metalúrgicas, Además, el hierro era abundante en las montañas de Euskal Herria, lo que posibilitó la temprana instauración de las ferrerías en nuestro territorio.
Sin embargo, las antiguas manufacturas de hierro, armas, útiles de labranza, herramientas, puntas, clavos, no fueron las únicas en el mundo productivo: no debemos olvidar las tejerías, tenerías, pequeños astilleros, molinos para molturar el grano, molinos papeleros, textiles etc., Gipuzkoa disfrutaba de unas ventajosas condiciones geoestratégicas y una buena red hidrográfica, abundante y regular. La disposición de sus recursos naturales, que aunque pobres fueron bien aprovechados, la laboriosidad y el buen conocimiento del oficio de sus gentes, propiciaron el desenvolvimiento de las primeras fórmulas de producción preindustrial y su prolongación hasta sustituir los viejos modos de producción artesanal por las nuevas técnicas industriales en las que el vapor, la transmisión axial de la energía y la electricidad tuvieron una gran importancia.
La industrialización en Gipuzkoa, estuvo en manos de una burguesía principalmente autóctona, cuyos capitales provenían del comercio o del simple ahorro, pero que supieron adecuarse a los nuevos tiempos, provocando la confluencia en un mismo espacio de una importante diversidad de sectores industriales, A pesar de ello los dos sectores principales que impulsaron el crecimiento de la Provincia fueron el papelero y el metalúrgico. Una de las principales características del proceso industrial guipuzcoano ha sido la dispersión territorial. La industria se ha ido estableciendo por los diferentes valles fluviales donde cada uno de ellos cuenta con sus características propias, De todas formas el desarrollo industrial se extendió principalmente a lo largo del Valle del Deba, del Urola y del Oria junto con el triángulo formado por Hernani, Pasaia e Irun.
El Alto Deba contó con un protagonismo absoluto de las industrias metalúrgicas, destacando los centros de Arrasate y Aretxabaleta; el textil ha sido la seña de identidad de Bergara, mientras que la tradición armera estuvo presente sobre todo en Eibar y en Soraluze, El valle del Urola destacó en el sector de los transformados metálicos de Legazpi, Zumarraga Urretxu y las fábricas de muebles de Azkoitia, Azpeitia y Zarautz, en tanto que Zumaia y Zestoa se caracterizaron por la producción de cemento natural, sin olvidar las fábricas de yute presentes en todo el medio y bajo Urola, A lo largo del Oria, nacieron las papeleras, con un casi monopolio en la comarca de Tolosaldea.
Estamos ante una industria marcada por la atomización de los núcleos fabriles, por la multiplicidad de sectores y por el predominio de la pequeña y mediana empresa, ligada al ámbito familiar, opción que en muchas ocasiones era debida a las limitadas disponibilidades de capital.
Después de la decadencia comercial e industrial en la que se sumió la provincia entre 1800 y 1841, a partir de la Primera Guerra Carlista se abrió una nueva etapa en el desarrollo económico guipuzcoano. Esta etapa, en la que se dieron los primeros pasos hacia la industrialización de tipo moderno, fue en gran medida posibilitada por el traslado de las aduanas interiores a la frontera con el estado francés y a los puertos de mar en 1841, así como la promulgación del arancel proteccionista del mismo año. La actividad preindustrial tradicional continuó su marcha decadente hasta desaparecer totalmente en este período.
En 1864, tan sólo funcionaban 20 ferrerías; era ya un hecho que no se podía competir con los hornos altos recién instalados en Beasain.
Era evidente, igualmente que la situación de las ferrerías no tenía marcha atrás, pero éstas se resistían a darse por vencidas e incluso muy avanzado el siglo XIX, se introdujeron débiles reformas en las ferrerías de Alzolaras, Carquizano y Olabarria.
La única salida que se ofrecía a las ferrerías era su reconversión y debido a su óptima localización, se encontraban junto a los cursos de los ríos, no les faltaron salidas airosas.
En Tolosa se transformaron en papeleras, o en ellas se instalaron altos hornos como en la ferrería de Amaroz; en Legazpi, en la ferrería de Olazarra, coyunturalmente, se fundió el plomo de las minas del Aizkorri, (Katabera); otras pasaron a albergar la maquinaria necesaria para la fabricación de un nuevo producto, la cal hidráulica, tal y como sucedió en la Ferrería de Iraeta en Zestoa, en la de Alzolaras en Aia, en la de Sarikola en Orio, o Fagollaga en Hernani.
A partir de 1841 y durante todo el siglo XIX se sentaron las bases de la industria guipuzcoana, iniciándose una segunda etapa tras la Segunda Guerra Carlista (1876) , momento en el que se llevó a cabo una profunda renovación técnica y financiera en todo el País; ya para entonces Gipuzkoa, disponía de una incipiente economía industrial, capaz de producir los más diversos bienes de consumo.
A comienzos del siglo XX, el desarrollo guipuzcoano se aceleró, partiendo de las bases que se habían fijado en la centuria anterior y conservando las líneas generales que en ésta se apuntaban. Fue un período marcado por el arancel de 1906 y por la política de neutralidad mantenida durante la Primera Guerra Mundial.
Existía un importante sector papelero que experimentó una fuerte reestructuración al crearse la Papelera Española, pero fue el sector metalúrgico el que desde principios de siglo se afirmó como el más importante.
Posteriormente la crisis del año 1929, la inestabilidad política de la II República, la Guerra Civil y los planteamientos autárquicos del primer franquismo, no constituyeron el marco más adecuado para el desarrollo de la industria. Poco se hizo entre 1931 y 1959. Con todo no fue Euskal Herria de los que peor librados salieron de esta fase de retracción. En cualquier caso en la década de los años 40 y 50, surgieron las metalúrgicas guipuzcoanas dedicadas a la producción de máquina - herramienta, sustitutivas de las importaciones que se habían cortado con el aislamiento franquista.
Las necesidades financieras de los años 60, propiciaron la generalización de una característica forma empresarial: la cooperativa.
Posteriormente, Gipuzkoa como el resto de Euskal Herria se vio afectada por la onda expansiva que arrancó del Plan de Estabilización, experimentándose un crecimiento ininterrumpido hasta 1973, fecha en la que la crisis del petróleo convulsionó toda la industria occidental.
LEGAZPI, ubicada en la cabecera del río Urola, ilustra las características generales de la industrialización guipuzcoana, señaladas a grandes rasgos en las líneas anteriores.
Sin embargo y aunque repita el modelo guipuzcoano de industrialización, Legazpi, ha albergado durante todo el siglo XX, el nacimiento y desarrollo de una de las empresas de mayor envergadura de la provincia, frente al predominio de la pequeña y mediana empresa que se instaló en todo el territorio. La empresa histórica ya, " Patricio Echeverría S.A. " ha sido una de las que mayor número de trabajadores ha empleado en nuestro ámbito, llegando a convertirse en la auténtica tarjeta de presentación de la villa del Alto Urola. Ambos, empresa y municipio crecieron a la par.
De mano de la citada empresa, la industria en Legazpi, se orientó decididamente hacia el sector de los transformados metálicos, convirtiéndose en el sector líder. Sin embargo, otras actividades oscurecidas por la primera, también tuvieron cabida durante el siglo XIX y XX: la extracción de plomo y zinc en Katabera y su posterior beneficio en el Alto de Udana, el cemento, el papel, el textil, los cartuchos, la cerámica etc.
No cabe lugar a dudas y es un hecho incuestionable que tradicionalmente Legazpi ha estado vinculado a la industria de hierro, de mano de las muchas ferrerías ubicadas a lo largo del río Urola. Este sector entró en una crisis irreversible, como quedó dicho con anterioridad a finales del siglo XVIII; pero era difícil romper de golpe la dinámica secular por lo que el final de las ferrerías, su agonía se extendió durante todo el siglo XIX.
Hacia 1824, todavía se trabajaba el hierro por el método directo, a la catalana en cuatro ferrerías: Olazarra, Bikuñaenea, Bengolea y Olaberria.
Décadas después en 1862, según información de la Estadística Industrial, seguían en activo las cuatro ferrerías citadas con anterioridad, el resto de los establecimientos ferrones, poco a poco se habían ido transformando, buscando cada uno su propia reconversión.
Dos años más tarde en 1864, tan sólo seguía funcionando la ferrería dirigida por Antonio María Aztiria. Continuaba la fabricación de hierro dulce con una fuerza de 10 caballos movida por agua, produciendo al año 800 quintales de hierro por término medio.
La citada ferrería continuó a duras penas su producción hasta 1888. Sin embargo, Aztiria no la abandonaría sino que como años antes les había sucedido a los demás ferrones tuvo que adaptarse a los nuevos tiem- pos, orientándose hacia la molinería.
Las primeras décadas del siglo XIX, conocen el fin de las ferrerías pero ya para entonces se estaban dando los primeros balbuceos de la industrialización, de la mano de la fabricación de curtidos, tejerías, vasijerías, fabricación de papel, actividad esta última que ha continuado hasta la actualidad.
Es el caso de la tejería de Antonio Sasoner que en 1837, fue vendida a favor de Isidro de Urmeneta por 3.000 reales de vellón, cantidad que le era necesaria para hacer frente a las obligaciones del pago de las raciones de las tropas del Ejército Real.
El nuevo propietario quedaba obligado a elaborar, cuanto menos dos hornadas de teja y ladrillos.
También destacable fue la denominada "Fábrica Nueva o Cartuchería" que ya es citada en el Censo Industrial de 1843. Estaba ubicada entre Zaldumayor y Masukariola. Otras manufacturas eran la "Fábrica de Vasijas" de Uranga o las de curtidos de Ignacio Aztiria y Juan Bautista Unanue.
Hacia 1864, el trabajo del papel, presente desde principios de siglo, se hizo cada vez más importante y a Alejandro de Aldecoa en Azpikoetxea le sucedió en el arrendamiento Miguel Ignacio Echeverria. Se dedicaban a la producción de cartón, papel y estraza La energía necesaria se conseguía a partir de una rueda hidráulica de 7 C.V., para una producción de 2.920 arrobas al año
Por aquel entonces, el papel también se elaboraba en la ferrería de Olaberria gracias a una rueda hidráulica de 8 C.V, cuya producción dirigida por José Cruz Apaoloza y socios ascendía a las 3.650 arrobas al año de papel. En ese mismo año, 1864, estaba a punto de iniciarse la fabricación de cartuchos de cartón para escopetas de caza del sistema moderno. El promotor fue Candelario Iturbe y Oyanguren, natural de la villa de Elgeta y residente en Zumarraga, el cual como veremos más adelante se asoció a Pedro Segura, para luego continuar éste último en solitario. También, por entonces se extraía plomo y calamina en el Aizkorri, mineral que posteriormente era trasladado para su tratamiento a las fábricas que tenía instaladas la " Real Compañía AsturIana de Mínas" en Avilés (Asturias) y en Capuchinos en Renteria.
En 1881, una vez superada la Segunda Guerra Carlista, poco habían cambiado las cosas: existía un telar para lienzos regentado por José María Goya, una Fábrica de tejas dirigida por Francisco Mayora, las de car- tón de Miguel Ignacio Echeverria y Juan Cruz Apaolaza, la de cartuchos de Candelario Iturbe y los molinos maquileros de José Antonio Urmeneta, Manuel Calparsoro, Escolástica Zanguitu, Marcos Zabaleta y Martín Antonio Aguirre.7
Pocos años después, en 1885, Juan Cruz Apaolaza abandonó la fabricación de cartón, dedicándose a partir de entonces a regentar un molino, ubicado en la misma ferrería de Olaberria.
A las puertas del nuevo siglo, en 1899, hacía poco que la "Real Compañía Asturiana de Minas" había iniciado la calcinación de calamina, tras la construcción de dos hornos de cuba.
Sin embargo y aunque la Segunda Guerra Carlista, marcó un verdadero corte, durante los años que duró la contienda bélica, las actividades industriales tuvieron que adaptarse a las excepcionales circunstancias. Este fue el caso de la fundición de plomo que tuvo lugar en Olazarra o la fabricación de cartuchos. La documentación carlista consultada cita la existencia de una fábrica de cartuchos en Legazpi. En concreto, en 1875, los carlistas instalaron cuatro cilindros para confeccionar chapa para cartuchos e igualmente construyeron un horno de recocción y un hornillo para la fusión de las barras de metal para fabricar la citada chapa. Se indicaba que para mover las máquinas era suficiente una fuerza de 6 caballos de agua, aunque también se podían mover manualmente cada uno de ellos. El proyecto de construcción de esta maquinaria fue realizado por el ingeniero romano Pasaresi que incluso llegó a visitar la fábrica de cartuchos de Le- gazpi, siendo el encargado de la misma José María Muguruza desde Febrero de 1875 hasta Junio de 1875, fecha ésta última, en la que se abandonó la fábrica de Legazpi, instalándose a continuación, una nueva en Tolosa." Toda la documentación consultada hace sospechar que la Fábrica de Cartuchos de los carlistas bien pudiera haberse localizado en la ferrería de Olaberria por un lado el pago del trabajo en auzolan realizado en la ferrería, el hallazgo de material bélico en la antepara de la citada ferrería, inmediatamente después de finalizada la contienda, o las vainas de cartuchos metálicos, pistones, recortes de chapa, encontrados durante los trabajos de limpieza y acondicionamiento realizados durante el Campo de Trabajo del verano de 1995. Todo ello nos hace suponer casi con toda seguridad que fue allí y no en otro lugar donde se desarrolló una actividad manufacturera en ese sentido
La fabricación de cartuchos, como ya se dijo, iniciada por Candelario Iturbe antes de la Segunda Guerra Carlista, tuvo su continuidad; primero se asoció con Pedro Segura, el cual desarrolló una actividad empresarial de primer orden durante toda la segunda mitad del siglo XIX, para seguir éste último en solitario a partir de 1883, El citado Pedro Segura era ya conocido por sus dotes de inventor y mecánico: durante la Segunda Guerra Carlista ideó las llamadas granadas de mano las cuales eran fabricadas para las Corporaciones de Gipuzkoa.
La citada instalación industrial ha sido considerada por Pérez Iscar como la primera cartuchería del estado. La fábrica, a principios de siglo, ocupaba 800 m2 y la fuerza motriz era proporcionada por una turbina de 10 caballos.
Disponía de talleres para la fabricación de cartuchos de caza, cápsulas para revolver y carabinas de los sistemas central, defaucheux y anular. Contaba a principios de siglo con talleres para la fabricación de tacos, la cual se dividía en varias secciones, una destinada a formar el cartón con una capa de papel, otra a hacerlo más compacto por medio de potentes prensas y la última a convertir la plancha de cartón en tacos. Esto se verificaba por medio de máquinas capaces de cortar 80,000 tacos al día. También instaló una sección dedicada a la confección de tubos y canutos para la pirotecnia, así como cartuchos lanza confettis.
Después de veinte años de trabajo, se vio obligado a suspender la Fabricación de cartuchos y cápsulas por acuerdo de la Sociedad Arrendataria de Explosivos.
En 1888, y viendo que había llegado el momento de abandonar su primitiva ocupación, instaló una importante tejería mecánica para lo cual construyó dos hornos próximos a la fábrica de cartuchos y al contacto de la carretera ramal de Inchenea a Telleriarte.
La fuerza motriz necesaria era de dos clases, hidráulica y de vapor. La primera era producida por una turbina de 30 caballos con un salto de 120 metros en el río Urola y la segunda por una caldera de vapor mar ca D'Naeyer de 40 caballos.
La turbina, ubicada en lo que luego fue el almacén de discos de la empresa Patricio Echeverría, era accionada por la presión del agua desviada mediante una tubería desde "Urtaza - erreka".
La Tejería Mecánica de Pedro Segura, a principios del siglo XX, se elevaba sobre una superficie de 6,500 m2 y se dividía en dos secciones: una destinada a fabricación y otra a secaderos.
A unos 200 metros de la tejería se encontraban las canteras de rica arcilla. La arcilla aparecía en un capa horizontal debajo justo de la capa vegetal. Las canteras estaban unidas a la primera por un ferrocarril decauville, encargado de conducir las primeras materias a los depósitos de hidratación, en los cuales se verificaba la operación de humedecer la arcilla, quedando así preparada para pasar a los molinos. Posteriormente llegaba a las galleteras donde se formaba el ladrillo que recibía una forma u otra según las hileras o moldes que en ellos se colocaran. y por último se pasaba al prensado, operación que daba más solidez a los productos.
La Tejería contaba con dos tipos de secaderos. naturales y artificiales. Una vez secos, ladrillos o tejas eran mecánicamente conducidos, por medio de tranvías aéreos y descensores a los hornos continuos. Realizada la cocción, el artículo pasaba a los almacenes de la casa.
La Fábrica de Pedro Segura, elaboraba, tejas modelo "Marsella" , ladrillos huecos, macizo prensado, ladrillete para bovedilla y ladrillo para chimeneas de forma de cuchillas, baldosa cuadrada, tuberías, medias cañas para conducción de aguas a cielo abierto, caballetes para paredes y tapias.....
También Pedro Segura fue accionista de la firma" Segura e Idigoras" de Zumarraga dedicada a la fabricación de tubos de palastro (chapas de acero), en un momento en el que se estaba extendiendo de manera rápida el aprovechamiento de los saltos de agua para fuerza motriz.
Este empresario, Pedro Segura ensayó a finales del siglo XIX hábitos y esquemas que fueron comunes en el sistema de producción capitalista donde el mercado es referencia principal y todas sus actividades están dirigidas por él.

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